Tu Poema de Amor

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XXXIV: MARTÍ (1890)

Cuba, flor espumosa, efervescente

azucena escarlata, jazminero,

cuesta encontrar bajo la red florida

tu sombrío carbón martirizado,

la antigua arruga que dejó la muerte,

la cicatriz cubierta por la espuma.

 

Pero dentro de ti como una clara

geometría de nieve germinada,

donde se abren tus últimas cortezas,

yace Martí como una almendra pura.

 

Está en el fondo circular del aire,

está en el centro azul del territorio,

y reluce como una gota de agua

su dormida pureza de semilla.

 

Es de cristal la noche que lo cubre.

Llanto y dolor, de pronto, crueles gotas

atraviesan la tierra hasta el recinto

de la infinita claridad dormida.

El pueblo a veces baja sus raíces

a través de la noche hasta tocar

el agua quieta en su escondido manto.

A veces cruza el rencor iracundo

pisoteando sembradas superficies

y un muerto cae en la copa del pueblo.

 

A veces vuelve el látigo enterrado

a silbar en el aire de la cúpula

y una gota de sangre como un pétalo

cae a la tierra y desciende al silencio.

Todo llega al fulgor inmaculado.

Los temblores minúsculos golpean

las puertas de cristal del escondido.

 

Toda lágrima toca su corriente.

 

Todo fuego estremece, su estructura.

Y así de la yacente fortaleza,

del escondido germen caudaloso

salen los combatientes de la isla.

 

Vienen de un manantial determinado.

 

Nacen de una vertiente cristalina.